DOCUMENTO DE APARECIDA N. 407-410
8.6 Rostros sufrientes que nos duelen
8.6.1 Personas que viven en la calle en las grandes urbes
407. En las grandes urbes es cada vez mayor el número de las personas que viven en la calle. Requieren especial cuidado, atención y trabajo promocional por parte de la Iglesia, de modo tal que mientras se les proporciona ayuda en lo necesario para la vida, se los incluya en proyectos de participación y promoción en los que ellos mismos sean sujetos de su reinserción social.
408. Queremos llamar la atención de los gobiernos locales y nacionales para que diseñen políticas que favorezcan la atención de estos seres humanos, al igual que atiendan las causas que producen este flagelo que afecta a millones de personas en toda nuestra América Latina y El Caribe.
409. La opción preferencial por los pobres nos impulsa, como discípulos y misioneros de Jesús, a buscar caminos nuevos y creativos a fin de responder otros efectos de la pobreza. La situación precaria y la violencia familiar con frecuencia obliga a muchos niños y niñas a buscar recursos económicos en la calle para su supervivencia personal y familiar, exponiéndose también a graves riesgos morales y humanos.
410. Es deber social del Estado crear una política inclusiva de las personas de la calle. Nunca se aceptará como solución a esta grave problemática social la violencia e incluso el asesinato de los niños y jóvenes de la calle, como ha sucedido lamentablemente en algunos países de nuestro continente.
Comentario n. 406
Es probable que quien lee los numerales precedentes piense que, hacer esta reflexión en un documento de la Iglesia, sea como tomar campo en la política partidaria. No se trata de esto. Simplemente es proponer a los creyentes los principios del Evangelio en la construcción de la sociedad. La tarea actual es: la sociedad la construimos todos los que formamos parte de ella, y nosotros, tenemos mucho que aportar a favor de la persona. El Evangelio ilumina la vida del hombre y ayuda a que se reconozca sus valores fundamentales.
Ante todo estas sugerencias se refieren a los católicos laicos. A esa gran mayoría de hombres y mujeres que forman el tejido social. A los hombres y mujeres que cada día se empeñan en distintas tareas y ocupaciones humanas. Y por supuesto, a todo hombre de buena voluntad.
Es necesario que los valores del evangelio sean vividos en la familia y en la sociedad. Se vuelve necesario que ninguno renuncia a ser protagonista desde su condición en que vive. Ser protagonista en el mundo de hoy, participando en la vida democrática. Ninguno tendría que sentirse ajeno a proponer la solidaridad humana y la justicia social como caminos de progreso y libertad. Quizá convendría recordar aquella recomendación de san Pablo: “todo lo bueno, noble y justo” tienen que apoyarlo.
DOCUMENTO DE APARECIDA N. 406
8.5 Globalización de la solidaridad y justicia internacional
406. La Iglesia en América Latina y en El Caribe siente que tiene una responsabilidad en formar a los cristianos y sensibilizarlos respecto a grandes cuestiones de la justicia internacional. Por ello, tanto los pastores como los constructores de la sociedad tienen que estar atentos a los debates y normas internacionales sobre la materia. Esto es especialmente importante para los laicos que asumen responsabilidades públicas, solidarios con la vida de los pueblos. Por ello, proponemos lo siguiente:
a) Apoyar la participación de la sociedad civil para la reorientación y consiguiente rehabilitación ética de la política. Por ello, son muy importantes los espacios de participación de la sociedad civil para la vigencia de la democracia, una verdadera economía solidaria y un desarrollo integral, solidario y sustentable.
b) Formar en la ética cristiana que pone como desafío el logro del bien común, la creación de oportunidades para todos, la lucha contra la corrupción, la vigencia de los derechos laborales y sindicales; hay que colocar como prioridad la creación de oportunidades económicas para sectores de la población tradicionalmente marginados, como las mujeres y los jóvenes, desde el reconocimiento de su dignidad. Por ello hay que trabajar por una cultura de la responsabilidad a todo nivel que involucre a personas, empresas, gobiernos y al mismo sistema internacional.
c) Trabajar por el bien común global es promover una justa regulación de la economía, finanzas y comercio mundial. Es urgente proseguir en el desendeudamiento externo para favorecer las inversiones en desarrollo y gasto social, prever regulaciones globales para prevenir y controlar los movimientos especulativos de capitales, para la promoción de un comercio justo y la disminución de las barreras proteccionistas de los poderosos, para asegurar precios adecuados de las materias primas que producen los países empobrecidos y normas justas para atraer y regular las inversiones y servicios entre otros.
d) Examinar atentamente los Tratados intergubernamentales y otras negociaciones respecto del libre comercio. La Iglesia del país latinoamericano implicado, a la luz de un balance de todos los factores que están en juego, tiene que encontrar los caminos más eficaces para alertar a los responsables políticos y a la opinión pública acerca de las eventuales consecuencias negativas que pueden afectar a los sectores más desprotegidos y vulnerables de la población.
e) Llamar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a poner en práctica principios fundamentales como el bien común (la casa es de todos), la subsidiaridad, la solidaridad intergeneracional e intrageneracional.
Comentario n. 399-405
Vuelvo a los comentarios después de unos días sin poder hacerlo. Espero que los lectores no se hayan aburrido de esperar los numerales del Documento de Aparecida. El anuncio del Evangelio lleva a reconocer a la persona humana una dignidad nueva: la de ser hijo de Dios. Desde esta perspectiva se sitúa el actuar de la Iglesia. Cada hombre ha sido querido y amado de un modo particular por Dios.
Viendo la situación de muchos grupos de personas que parecen olvidadas en la sociedad, el documento de Aparecida propone una acción social guiada por los principios de la Doctrina Social de la Iglesia. Significa poner a la persona como centro de la sociedad. Parece sólo una definición pero en realidad significa hacer una distinción de valores según el evangelio.
La pastoral social se ocupa en muchos lugares de hacer llegar una ayuda material y una promoción de la persona para que sea sujeto de su propio desarrollo. Pero también es parte de esta pastoral la promoción del actuar social responsable de los cristianos en la sociedad. Una visión de la sociedad guiada exclusivamente por los intereses económicos termina marginando a quien no puede aportar según estas categorías. Cosa que no puede ser. Promover la solidaridad en la sociedad significa despertar la conciencia que la persona debe ocupar un puesto esencial en las políticas de la sociedad.
DOCUMENTO DE APARECIDA N. 399-405
8.4 Una renovada pastoral social para la promoción humana integral
399. Asumiendo con nueva fuerza esta opción por los pobres, ponemos de manifiesto que todo proceso evangelizador implica la promoción humana y la auténtica liberación “sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad”. Entendemos además que la verdadera promoción humana no puede reducirse a aspectos particulares: “Debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre” desde la vida nueva en Cristo que transforma a la persona de tal manera que “la hace sujeto de su propio desarrollo”. Para la Iglesia, el servicio de la caridad, igual que el anuncio de la Palabra y la celebración de los Sacramentos, “es expresión irrenunciable de la propia esencia”.
400. Queremos, por tanto, desde nuestra condición de discípulos y misioneros impulsar en nuestros planes pastorales, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, el Evangelio de la vida y la solidaridad. Además, promover caminos eclesiales más efectivos, con la preparación y compromiso de los laicos para intervenir en los asuntos sociales. Es esperanzador lo que decía Juan Pablo II: “Aunque imperfecto y provisional, nada de lo que se pueda realizar mediante el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina en un momento dado de la historia, para hacer más humana la vida de los hombres, se habrá perdido ni habrá sido vano”.
401. Las Conferencias Episcopales y las Iglesias locales tienen la misión de promover renovados esfuerzos para fortalecer una Pastoral Social estructurada, orgánica e integral que con la asistencia, la promoción humana, se haga presente en las nuevas realidades de exclusión y marginación que viven los grupos más vulnerables, donde la vida está más amenazada. En el centro de esta acción está cada persona, que es acogida y servida con calidez cristiana. En esta actividad a favor de la vida de nuestros pueblos, la Iglesia católica apoya la colaboración mutua con otras comunidades cristianas.
402. La globalización hace emerger en nuestros pueblos, nuevos rostros de pobres. Con especial atención y en continuidad con las Conferencias Generales anteriores, fijamos nuestra mirada en los rostros de los nuevos excluidos: los migrantes, las víctimas de la violencia, desplazados y refugiados, víctimas del tráfico de personas y secuestros, desaparecidos, enfermos de HIV y de enfermedades endémicas, tóxicodependientes, adultos mayores, niños y niñas que son víctimas de la prostitución, pornografía y violencia o del trabajo infantil, mujeres maltratadas, víctimas de la exclusión y del tráfico para la explotación sexual, personas con capacidades diferentes, grandes grupos de desempleados/as, los excluidos por el analfabetismo tecnológico, las personas que viven en la calle de las grandes urbes, los indígenas y afrodescendientes, campesinos sin tierra y los mineros. La Iglesia con su Pastoral Social debe dar acogida y acompañar a estas personas excluidas en los ámbitos que correspondan.
403. En esta tarea y con creatividad pastoral, se deben diseñar acciones concretas que tengan incidencia en los Estados para la aprobación de políticas sociales y económicas que atiendan las variadas necesidades de la población y que conduzcan hacia un desarrollo sostenible. Con la ayuda de distintas instancias y organizaciones, la Iglesia puede hacer una permanente lectura cristiana y una aproximación pastoral a la realidad de nuestro continente, aprovechando el rico patrimonio de la Doctrina Social de la Iglesia. De esta manera, tendrá elementos concretos para exigir que aquellos que tienen la responsabilidad de diseñar y aprobar las políticas que afectan a nuestros pueblos, lo hagan desde una perspectiva ética, solidaria y auténticamente humanista. En ello juegan un papel fundamental los laicos y las laicas, asumiendo tareas pertinentes en la sociedad.
404. Alentamos a los empresarios que dirigen las grandes y medianas empresas y a los microempresarios, a los agentes económicos de la gestión productiva y comercial, tanto del orden privado como comunitario, por ser creadores de riqueza en nuestras naciones, cuando se esfuerzan en generar empleo digno, en facilitar la democracia, y en promover la aspiración a una sociedad justa y a una convivencia ciudadana con bienestar y en paz. Igualmente a los que no invierten su capital en acciones especulativas sino en crear fuentes de trabajo preocupándose de los trabajadores, considerándolos ‘a ellos y a sus familias’ la mayor riqueza de la empresa, que viven modestamente por haber hecho como cristianos de la austeridad un valor inestimable, que colaboran con los gobiernos en la preocupación y el logro del bien común y se prodigan en obras de solidaridad y misericordia.
405. En fin, no podemos olvidar que la mayor pobreza es la de no reconocer la presencia del misterio de Dios y de su amor en la vida del hombre, que es lo único que verdaderamente salva y libera. En efecto, “quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de realidad y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas”. La verdad de esta afirmación resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis.
Comentario n. 391-398
La opción preferencial por los pobres, según mi modo de entenderlo, no es una teoría, o al menos no debería serlo para los discípulos de Jesucristo. La manera como el Documento de Aparecida habla de esta realidad es siguiendo el Evangelio. Es Jesucristo el que quiso nacer y vivir pobre. Quiso estar cerca de los pobres, enfermos y pecadores. En el Antiguo Testamento, los pobres tienen una connotación bien precisa: son los que confían en el Señor, los que esperan todo de Él, los que se mantienen fieles. Esta perspectiva está también presente en el Nuevo Testamento. María e Isabel son dos figuras de los pobres.
Es a partir del Evangelio como la Iglesia y los santos se ponen al servicio de los pobres. Un ejemplo luminoso ha sido Madre Teresa de Calcuta: sirviendo a los más pobres entre los pobres. El amor por los pobres supone el amor por Jesucristo. En esta etapa de misión, esta consideración no se puede dejar de lado.
No son las categorías sociológicas lo que nos dan el sentido de los pobres, nos son líneas puramente sociales lo que se pretende. Tampoco sugiere la exclusión de quienes no sean pobres. La tarea de la Iglesia es volver a anunciar el Evangelio a los pobres, como la buena noticia de salvación. Amar a los pobres es también evangelizarlos.
DOCUMENTO DE APARECIDA N. 391-398
8.3 La opción preferencial por los pobres y excluidos
391. Dentro de esta amplia preocupación por la dignidad humana, se sitúa nuestra angustia por los millones de latinoamericanos y latinoamericanas que no pueden llevar una vida que responda a esa dignidad. La opción preferencial por los pobres es uno de los rasgos que marca la fisonomía de la Iglesia latinoamericana y caribeña. De hecho, Juan Pablo II, dirigiéndose a nuestro continente, sostuvo que “convertirse al Evangelio para el pueblo cristiano que vive en América, significa revisar todos los ambientes y dimensiones de su vida, especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común”.
392. Nuestra fe proclama que “Jesucristo es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre”. Por eso “la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza. Esta opción nace de nuestra fe en Jesucristo, el Dios hecho hombre, que se ha hecho nuestro hermano (cf. Hb 2, 11-12). Ella, sin embargo, no es ni exclusiva, ni excluyente.
393. Si esta opción está implícita en la fe cristológica, los cristianos como discípulos y misioneros estamos llamados a contemplar en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: “Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo”. Ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia, de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas. Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “Cuanto lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40). Juan Pablo II destacó que este texto bíblico “ilumina el misterio de Cristo”. Porque en Cristo el grande se hizo pequeño, el fuerte se hizo frágil, el rico se hizo pobre.
394. De nuestra fe en Cristo brota también la solidaridad como actitud permanente de encuentro, hermandad y servicio, que ha de manifestarse en opciones y gestos visibles, principalmente en la defensa de la vida y de los derechos de los más vulnerables y excluidos, y en el permanente acompañamiento en sus esfuerzos por ser sujetos de cambio y transformación de su situación. El servicio de caridad de la Iglesia entre los pobres “es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral”.
395. El Santo Padre nos ha recordado que la Iglesia está convocada a ser “abogada de la justicia y defensora de los pobres” ante “intolerables desigualdades sociales y económicas”, que “claman al cielo”. Tenemos mucho que ofrecer, ya que “no cabe duda de que la Doctrina Social de la Iglesia es capaz de suscitar esperanza en medio de las situaciones más difíciles, porque si no hay esperanza para los pobres, no la habrá para nadie, ni siquiera para los llamados ricos”. La opción preferencial por los pobres exige que prestemos especial atención a aquellos profesionales católicos que son responsables de las finanzas de las naciones, a quienes fomentan el empleo, los políticos que deben crear las condiciones para el desarrollo económico de los países, a fin de darles orientaciones éticas coherentes con su fe.
396. Nos comprometemos a trabajar para que nuestra Iglesia Latinoamericana y Caribeña siga siendo, con mayor ahínco, compañera de camino de nuestros hermanos más pobres, incluso hasta el martirio. Hoy queremos ratificar y potenciar la opción del amor preferencial por los pobres hecha en las Conferencias anteriores. Que sea preferencial implica que debe atravesar todas nuestras estructuras y prioridades pastorales. La Iglesia latinoamericana está llamada a ser sacramento de amor, solidaridad y justicia entre nuestros pueblos.
397. En esta época suele suceder que defendemos demasiado nuestros espacios de privacidad y disfrute, y nos dejamos contagiar fácilmente por el consumismo individualista. Por eso nuestra opción por los pobres corre el riesgo de quedarse en un plano teórico o meramente emotivo, sin verdadera incidencia en nuestros comportamientos y en nuestras decisiones. Es necesaria una actitud permanente que se manifieste en opciones y gestos concretos, y evite toda actitud paternalista. Se nos pide dedicar tiempo a los pobres, prestarles una amable atención, escucharlos con interés, acompañarlos en los momentos más difíciles, eligiéndolos para compartir horas, semanas o años de nuestra vida, y buscando, desde ellos, la transformación de su situación. No podemos olvidar que el mismo Jesús lo propuso con su modo de actuar y con sus palabras: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos” (Lc 14, 13).
398. Sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres. Día a día los pobres se hacen sujetos de la evangelización y de la promoción humana integral: educan a sus hijos en la fe, viven una constante solidaridad entre parientes y vecinos, buscan constantemente a Dios y dan vida al peregrinar de la Iglesia. A la luz del Evangelio reconocemos su inmensa dignidad y su valor sagrado a los ojos de Cristo, pobre como ellos y excluido entre ellos. Desde esta experiencia creyente compartiremos con ellos la defensa de sus derechos.
Comentario n. 387-390
La dignidad humana es reconocida en las constituciones de todos los países. Cada año hay varias celebraciones a nivel social que recuerdan la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hago referencia a esa Declaración porque en términos generales se comparte que cada persona humana tiene una dignidad especial, que precede a las legislaciones y a los Estados.
Esta dignidad humana tiene su fundamento en Dios. Solamente si reconocemos que Dios es el autor de la vida, sólo entonces es posible tratar a las personas como lo merecen. Cuando se olvida a Dios, el hombre es instrumentalizado, con frecuencia por ideologías.
La Iglesia quiere ayudar a cada persona a encontrar el sentido de su vida. Hay también otras voces de la cultura actual que presentan modos concretos de vivir. Entre una visión y otra, hay una gran diferencia. La propuesta que viene de los “maestros temporales” persiguen objetivos muy concretos: le dicen a la gente cómo tienen que vivir “hoy” sin preocuparse del “por qué” vivir de ese modo. Ojalá que nuestros hermanos en la fe, tengan un vivo sentido existencial: venimos de Dios y vamos a Dios, en la vida que se nos ha dado, tenemos una gran oportunidad de testimoniar que escuchando a Dios la vida se ilumina, enriquece y se vuelve fecunda.
DOCUMENTO DE APARECIDA N. 387-390
8.2 La dignidad humana
387. La cultura actual tiende a proponer estilos de ser y de vivir contrarios a la naturaleza y dignidad del ser humano. El impacto dominante de los ídolos del poder, la riqueza y el placer efímero se han transformado, por encima del valor de la persona, en la norma máxima de funcionamiento y el criterio decisivo en la organización social. Ante esta realidad anunciamos una vez más el valor supremo de cada hombre y de cada mujer. El Creador, en efecto, al poner todo lo creado al servicio del ser humano, manifiesta la dignidad de la persona humana e invita a respetarla (cf. Gn 1, 26-30).
388. Proclamamos que todo ser humano existe pura y simplemente por el amor de Dios que lo creó, y por el amor de Dios que lo conserva en cada instante. La creación del varón y la mujer a su imagen y semejanza es un acontecimiento divino de vida, y su fuente es el amor fiel del Señor. Luego, sólo el Señor es el autor y el dueño de la vida, y el ser humano, su imagen viviente, es siempre sagrado, desde su concepción, en todas las etapas de la existencia, hasta su muerte natural y después de la muerte. La mirada cristiana sobre el ser humano permite percibir su valor que trasciende todo el universo: “Dios nos ha mostrado de modo insuperable cómo ama a cada hombre, y con ello le confiere una dignidad infinita”.
389. Nuestra misión para que nuestros pueblos en Él tengan vida, manifiesta nuestra convicción de que en el Dios vivo revelado en Jesús se encuentra el sentido, la fecundidad y la dignidad de la vida humana. Nos urge la misión de entregar a nuestros pueblos la vida plena y feliz que Jesús nos trae, para que cada persona humana viva de acuerdo con la dignidad que Dios le ha dado. Lo hacemos con la conciencia de que esa dignidad alcanzará su plenitud cuando Dios sea todo en todos. Él es el Señor de la vida y de la historia, vencedor del misterio del mal, y acontecimiento salvífico que nos hace capaces de emitir un juicio verdadero sobre la realidad, que salvaguarde la dignidad de las personas y de los pueblos.
390. Nuestra fidelidad al Evangelio, nos exige proclamar en todos los areópagos públicos y privados del mundo de hoy, y desde todas las instancias de la vida y misión de la Iglesia, la verdad sobre el ser humano y la dignidad de toda persona humana.
Comentario n. 382-386
Desde que el Evangelio fue anunciado en nuestras tierras, muchos frutos se han conseguido, y la Palabra ha suscitado numerosos hombres y mujeres que han vivido su vida según el proyecto de Dios. Cuando Reino de Dios es acogido se convierte en fermento para la comunidad y da una nueva forma de ver y valorar las situaciones que se desarrollan a nuestro alrededor. Son muchos los signos que nos hablan de la presencia del Reino entre nosotros.
Al mismo tiempo conviene tener siempre muy claro que el Reino de Dios está como fermento en los creyentes. Depende de nosotros que el Reino sea anunciado a otros hombres, que Dios pueda reinar en nuestros pueblos. Si Jesucristo ha dado su vida, es para que todos los hombres tengan vida y la tengan en abundancia. Esta vida nueva vence el pecado y la muerte. Esta vida nueva tiene también signos muy concretos en la vida cotidiana, los valores del Evangelio estamos llamados a hacerlos presentes: la verdad, la libertad, la justicia, la paz, el perdón…
Sin duda nos damos cuenta de las realidades que ofenden la dignidad del hombre en nuestros días. En estos numerales se nos recuerda un aspecto fundamental: el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea de la política y no de la Iglesia (n. 385) Por tanto no compete a la Iglesia en cuanto institución la realización de la justicia. Es tarea propia de la política. En este amplio sector es necesario que hayan católicos, que conozcan la doctrina de la Iglesia, que busquen con rectitud el bien común y el desarrollo de las sociedades. La Iglesia a través del anuncio de Jesucristo se convierte en luz para la sociedad, en promotora de valores, y quiere despertar la conciencia del valor singular de cada hombre y cada mujer, desde su nacimiento hasta su muerte natural.