Discípulos y Misioneros

Documento de Aparecida: Texto y Comentarios

Comentario n. 269-272

María es la gran misionera. Ella ha estado presente de un modo singular en el proceso de evangelización de este continente. Desde su aparición en Tepeyac, María ha mostrado su amor y cercanía hacia los que acuden a Ella. Así como fue la servidora de Dios para que Cristo se encarnara, así también ha mostrado su amor de Madre para que Cristo sea acogido con fidelidad. En cada lugar podemos encontrar referencias a María: una imagen, una capilla, un lugar que está bajo su protección, el nombre llevado por tantas personas… y siempre la vamos a encontrar en su referencia a Cristo.

En todo momento María ha sido un punto de referencia en la vida cristiana. Y en este momento en que a todos los bautizados se nos hace el llamado para que descubramos y vivamos como ‘discípulos y misioneros’ con mucha más razón acudimos a María para que nos enseñe a ser y tener las actitudes que nos permitan responder a la voluntad de Dios.

¿Qué podemos aprender de María? En primer lugar el primado de la escucha de la Palabra. Ella la meditaba en su corazón. Como fruto de esta meditación, es posible sintonizar con la voluntad de Dios y ponerla como prioridad para la vida personal. A veces cuando leemos un texto de la Palabra de Dios, nos llama la atención y nos anima a tomar unas actitudes determinadas. Pero luego, aquellas buenas intenciones se pasan entre una cosa y otra. La diferencia de estar a la escucha y meditación constante de la Palabra es que dicha Palabra cambia y transforma el pensamiento, el corazón y por lo tanto, cambia el modo de actuar, de vivir. Es posible conocer a Dios como Padre y seguir a Jesucristo como Palabra de Vida. A todo esto ayuda el rezo del Rosario. Es meditar en los misterios principales de la vida de Cristo.

Las actitudes que brotan del Evangelio vienen presentadas en la persona de María. Su respuesta dócil, su disposición atenta, su valentía ante las dificultades, su entrega hasta el final nos lleva a plantearnos la respuesta personal para que también nosotros podamos ser reflejo de una vida según el Evangelio. El Evangelio nos lleva a vivir la comunión en la Iglesia.

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enero 11, 2009 Posted by | DISCÍPULOS, IGLESIA | , , , , , | 1 comentario

DOCUMENTO DE APARECIDA N. 269-272

María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Ella, así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América. En el acontecimiento guadalupano, presidió junto al humilde Juan Diego el Pentecostés que nos abrió a los dones del Espíritu. Desde entonces son incontables las comunidades que han encontrado en ella la inspiración más cercana para aprender cómo ser discípulos y misioneros de Jesús. Con gozo constatamos que se ha hecho parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido de su historia y acogiendo los rasgos más nobles y significativos de su gente. Las diversas advocaciones y los santuarios esparcidos a lo largo y ancho del Continente testimonian la presencia cercana de María a la gente y, al mismo tiempo, manifiestan la fe y la confianza que los devotos sienten por ella. Ella les pertenece y ellos la sienten como madre y hermana.

270. Hoy, cuando en nuestro continente latinoamericano y caribeño se quiere enfatizar el discipulado y la misión, es ella quien brilla ante nuestros ojos como imagen acabada y fidelísima del seguimiento de Cristo. Ésta es la hora de la seguidora más radical de Cristo, de su magisterio discipular y misionero al que nos envía el Papa Benedicto XVI: “María Santísima, la Virgen pura y sin mancha es para nosotros escuela de fe destinada a conducirnos y a fortalecernos en el camino que lleva al encuentro con el Creador del cielo y de la tierra. El Papa vino a Aparecida con viva alegría para decirnos en primer lugar: Permanezcan en la escuela de María. Inspírense en sus enseñanzas. Procuren acoger y guardar dentro del corazón las luces que ella, por mandato divino, les envía desde lo alto”.

271. Ella, que “conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón” (Lc 2, 19; cf. 2, 51), nos enseña el primado de la escucha de la Palabra en la vida del discípulo y misionero. El Magnificat está enteramente tejido por los hilos de la Sagrada Escritura, los hilos tomados de la Palabra de Dios. Así se revela que en Ella la Palabra de Dios se encuentra de verdad en su casa, de donde sale y entra con naturalidad. Ella habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se le hace su palabra, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Además así se revela que sus pensamientos están en sintonía con los pensamientos de Dios, que su querer es un querer junto con Dios. Estando íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, Ella puede llegar a ser madre de la Palabra encarnada”. Esta familiaridad con el misterio de Jesús es facilitada por el rezo del Rosario, donde: “el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la madre del Redentor”.

272. Con los ojos puestos en sus hijos y en sus necesidades, como en Caná de Galilea, María ayuda a mantener vivas las actitudes de atención, de servicio, de entrega y de gratuidad que deben distinguir a los discípulos de su Hijo. Indica, además, cuál es la pedagogía para que los pobres, en cada comunidad cristiana, “se sientan como en su casa”. Crea comunión y educa a un estilo de vida compartida y solidaria, en fraternidad, en atención y acogida del otro, especialmente si es pobre o necesitado. En nuestras comunidades, su fuerte presencia ha enriquecido y seguirá enriqueciendo la dimensión materna de la Iglesia y su actitud acogedora, que la convierte en “casa y escuela de la comunión”, y en espacio espiritual que prepara para la misión.

enero 8, 2009 Posted by | DISCÍPULOS, IGLESIA, MISIÓN | , , , , , , | 5 comentarios