Discípulos y Misioneros

Documento de Aparecida: Texto y Comentarios

Comentario n. 201-204

Ahora nuestra atención se dirige a los párrocos como ‘animadores de la comunidad de discípulos y misioneros’. El párroco es un presbítero que ha recibido del obispo el encargo de la cura pastoral de una parroquia. Quien haya participado alguna vez en la ‘toma de posesión’ de una parroquia habrá visto unos ‘ritos propios’ de significan las tareas propias del párroco. Todo eso se traduce en una atención pastoral a los fieles que viven en aquel territorio, al mismo tiempo en el anuncio constante del Evangelio a quienes aún no profesan la fe cristiana, e ir  en busca de los católicos que han dejado su práctica cristiana. De este modo, el párroco lleva sobre sí la atención espiritual de la comunidad.

Quizá convenga hacer una aclaración antes de continuar: ‘No todos los presbíteros son párrocos’. Los sacerdotes que pertenecen a las diversas congregaciones religiosas, ellos están a tiempo completo al servicio de su congregación según el carisma propio, aunque algunas veces el obispo diocesano les pide su colaboración en parroquias. Otros sacerdotes, los recién ordenados, o los muy ancianos, o quien se vea limitado por enfermedad… normalmente colaboran con el párroco como ‘vicarios parroquiales’.

Algunos numerales anteriores nos han presentado la necesidad de una ‘renovación misionera de la parroquia’. Para que esto pueda llevarse a cabo se necesita un ‘cambio de mentalidad’, o ‘nuevas actitudes’. En primer lugar del párroco, y luego de los laicos que forman la parroquia, en definitiva, de todos. Cada uno desde su lugar y responsabilidad.

La primera exigencia del párroco: que sea un auténtico discípulo y al mismo tiempo un ardoroso misionero, una entrega generosa. Estas actitudes vitales están a la base de la renovación parroquial. Pero no es suficiente. Tengamos presente a nuestros párrocos en la oración de cada día, y manifestemos nuestra sincera disponibilidad para colaborar.

Es necesario que los laicos se sientan y sean ‘corresponsables’ de la formación de los discípulos misioneros. Pasar de una actitud pasiva a una activa, con más protagonismo. Un laico no es sólo un bautizado que siempre debe esperar que le den las cosas resueltas. Quien haya recibido un poco de formación, debe estar dispuesto a crecer más. Suscitar el interés personal por crecer en el conocimiento de la fe. Si conozco mi fe estoy en disposición de vivirla, si la vivo-testimonio estoy en camino de transmitirla a los demás. “Me diste cinco talentos… aquí están otros cinco”. Una herramienta básica: El Catecismo de la Iglesia Católica, o el Compendio del Catecismo, o los materiales que se preparan en las parroquias.

Se necesita ‘imaginación’ para encontrar respuestas a los nuevos desafíos, y junto a esto mucha disponibilidad de los laicos, de colaboradores dispuestos a trabajar en un único proyecto evangelizador. Y no se puede ignorar el lugar fundamental que tiene la familia en esta nueva perspectiva. De allí debe arrancar la nueva convicción. Laicos, hombres y mujeres, padres y madres que estén dispuesto a vivir su ‘vocación familiar’: los padres son los primeros transmisores de la fe a sus hijos, enseñándoles a través del ejemplo y la palabra a ser verdaderos discípulos misioneros. ¿Cómo se hace esto? Aquí tienen un reto. Cuando este espíritu se viva en las familias podrá vislumbrarse también a su alrededor. La familia animada por la parroquia y la parroquia apoyada por la familia. Un gran reto, una gran propuesta, un desafío.

agosto 29, 2008 Posted by | DISCÍPULOS, IGLESIA | , , , , , | Deja un comentario

DOCUMENTO DE APARECIDA N. 201-204

5.3.2.2 Los párrocos, animadores de una comunidad de discípulos misioneros

201. La renovación de la parroquia exige actitudes nuevas en los párrocos y en los sacerdotes que están al servicio de ella. La primera exigencia es que el párroco sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque sólo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia. Pero al mismo tiempo, debe ser un ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración.

202. Pero, sin duda, no basta la entrega generosa del sacerdote y de las comunidades de religiosos. Se requiere que todos los laicos se sientan corresponsables en la formación de los discípulos y en la misión. Esto supone que los párrocos sean promotores y animadores de la diversidad misionera y que dediquen tiempo generosamente al sacramento de la reconciliación. Una parroquia renovada multiplica las personas que prestan servicios y acrecienta los ministerios. Igualmente, en este campo se requiere imaginación para encontrar respuesta a los muchos y siempre cambiantes desafíos que plantea la realidad, exigiendo nuevos servicios y ministerios. La integración de todos ellos en la unidad de un único proyecto evangelizador es esencial para asegurar una comunión misionera.

203. Una parroquia, comunidad de discípulos misioneros, requiere organismos que superen cualquier clase de burocracia. Los Consejos Pastorales Parroquiales tendrán que estar formados por discípulos misioneros constantemente preocupados por llegar a todos. El Consejo de Asuntos Económicos, junto a toda la comunidad parroquial, trabajará para obtener los recursos necesarios, de manera que la misión avance y se haga realidad en todos los ambientes. Estos y todos los organismos han de estar animados por una espiritualidad de comunión misionera: “Sin este camino espiritual de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento”.

204. Dentro del territorio parroquial, la familia cristiana es la primera y más básica comunidad eclesial. En ella se viven y se transmiten los valores fundamentales de la vida cristiana. Se le llama “Iglesia Doméstica”. Allí los padres son los primeros transmisores de la fe a sus hijos, enseñándoles a través del ejemplo y la palabra a ser verdaderos discípulos misioneros. Al mismo tiempo, cuando esta experiencia de discipulado misionero es auténtica, “una familia se hace evangelizadora de muchas otras familias y del ambiente en que ella vive”. Esto opera en la vida diaria “dentro y a través de los hechos, las dificultades, los acontecimientos de la existencia de cada día”. El Espíritu, que todo lo hace nuevo, actúa aun dentro de situaciones irregulares en las que se realiza un proceso de transmisión de la fe, pero hemos de reconocer que, en las actuales circunstancias, a veces este proceso se encuentra con bastantes dificultades. La Parroquia no se propone llegar sólo a sujetos aislados, sino a la vida de todas las familias, para fortalecer su dimensión misionera.

agosto 27, 2008 Posted by | IGLESIA, MISIÓN | , , , , , , | Deja un comentario

Comentario n. 174-177

Al considerar que estamos al inicio de un nuevo milenio, es posible plantearnos que  quienes formamos parte de la Iglesia podemos dejar una herencia espiritual única a los que vendrán después de nosotros, si sabemos vivir con convicción nuestra fe cristiana.

Durante el primer milenio se pudo vivir la unidad en la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente; lastimosamente el segundo milenio deja muchas heridas a la comunión en la fe y los sacramentos, pero también fue un tiempo de grandes misiones, y la fe cristiana llegó a nuestras tierras. Ahora nos corresponde  consolidar y transmitir el mejor testimonio de fe cristiana, viviendo como discípulos y misioneros del Señor.

En este camino de misión la parroquia ocupa un lugar importante. El reto que se plantea es el siguiente: la convocatoria y  la formación de laicos misioneros”. Como en otros momentos se ha señalado, el Documento de Aparecida hace énfasis en la misión de todos los bautizados, y de un modo particular en aquella gran mayoría formada por los “fieles laicos”.

“Convocar” y “formar” a los laicos para que se conviertan en misioneros. En nuestras parroquias son muchos los laicos que están dispuestos a tomar un camino de formación, algunas veces ellos mismos lo exigen. Sin embargo hay otros que “brillan” por su ausencia, han hecho una “ruptura” de su vida cristiana y su vida social.

Cuando haya muchos laicos “formados” dispuestos a dar razón de su fe porque la conocen, la aman  y la viven entonces las realidades temporales podrán cambiar desde dentro.

Necesitamos tomar conciencia de una “Evangelización integral”: que nos lleve presentar la fe en toda su amplitud para que sea “fermento” de una nueva sociedad. A partir de la Palabra y la Eucaristía, de los sacramentos de que nos comunican la vida divina, es posible emprender un camino misionero, que pasa por la conversión permanente.

julio 31, 2008 Posted by | DISCÍPULOS, IGLESIA | , , , , | Deja un comentario

DOCUMENTO DE APARECIDA N. 174-177

174. Los mejores esfuerzos de las parroquias, en este inicio del tercer milenio, deben estar en la convocatoria y en la formación de laicos misioneros. Solamente a través de la multiplicación de ellos podremos llegar a responder a las exigencias misioneras del momento actual.

También es importante recordar que el campo específico de la actividad evangelizadora laical es el complejo mundo del trabajo, la cultura, las ciencias y las artes, la política, los medios de comunicación y la economía, así como los ámbitos de la familia, la educación, la vida profesional, sobre todo en los contextos donde la Iglesia se hace presente solamente por ellos.

175. Siguiendo el ejemplo de la primera comunidad cristiana (cf. Hch 2, 46-47), la comunidad parroquial se reúne para partir el pan de la Palabra y de la Eucaristía y perseverar en la catequesis, en la vida sacramental y la práctica de la caridad. En la celebración eucarística, ella renueva su vida en Cristo. La Eucaristía, en la cual se fortalece la comunidad de los discípulos, es para la Parroquia una escuela de vida cristiana. En ella, juntamente con la adoración eucarística y con la práctica del sacramento de la reconciliación para acercarse dignamente a comulgar, se preparan sus miembros en orden a dar frutos permanentes de caridad, reconciliación y justicia para la vida del mundo.

a) La Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana, hace que nuestras parroquias sean siempre comunidades eucarísticas que viven sacramentalmente el encuentro con Cristo Salvador. Ellas también celebran con alegría:

b) En el Bautismo: la incorporación de un nuevo miembro a Cristo y a su cuerpo que es la Iglesia.

c) En la Confirmación: la perfección del carácter bautismal y el fortalecimiento de la pertenencia eclesial y de la madurez apostólica.

d) En la Penitencia o Reconciliación: la conversión que todos necesitamos para combatir el pecado, que nos hace incoherentes con los compromisos bautismales.

e) En la Unción de los Enfermos: el sentido evangélico de los miembros de la comunidad, seriamente enfermos o en peligro de muerte.

f) En el sacramento del Orden: el don del ministerio apostólico que sigue ejerciéndose en la Iglesia para el servicio pastoral de todos los fieles.

g) En el Matrimonio: el amor esponsal que como gracia de Dios germina y crece hasta la madurez haciendo efectiva en la vida cotidiana la donación total que mutuamente se hicieron al casarse.

176. La Eucaristía, signo de la unidad con todos, que prolonga y hace presente el misterio del Hijo de Dios hecho hombre (cf. Fil 2,6-8), nos plantea la exigencia de una evangelización integral. La inmensa mayoría de los católicos de nuestro continente viven bajo el flagelo de la pobreza. Esta tiene diversas expresiones: económica, física, espiritual, moral, etc.

Si Jesús vino para que todos tengamos vida en plenitud, la parroquia tiene la hermosa ocasión de responder a las grandes necesidades de nuestros pueblos. Para ello, tiene que seguir el camino de Jesús y llegar a ser buena samaritana como Él. Cada parroquia debe llegar a concretar en signos solidarios su compromiso social en los diversos medios en que ella se mueve, con toda “la imaginación de la caridad”. No puede ser ajena a los grandes sufrimientos que vive la mayoría de nuestra gente y que, con mucha frecuencia, son pobrezas escondidas.

Toda auténtica misión unifica la preocupación por la dimensión trascendente del ser humano y por todas sus necesidades concretas, para que todos alcancen la plenitud que Jesucristo ofrece.

177. Benedicto XVI nos recuerda que “el amor a la Eucaristía lleva también a apreciar cada vez más el Sacramento de la Reconciliación”. Vivimos en una cultura marcada por un fuerte relativismo y una pérdida del sentido del pecado que nos lleva a olvidar la necesidad del sacramento de la Reconciliación para acercarnos dignamente a recibir la Eucaristía.

Como pastores, estamos llamados a fomentar la confesión frecuente. Invitamos a nuestros presbíteros a dedicar tiempo suficiente para ofrecer el sacramento de la reconciliación con celo pastoral y entrañas de misericordia, a preparar dignamente los lugares de la celebración, de manera que sean expresión del significado de este sacramento.

Igualmente, pedimos a nuestros fieles valorar este regalo maravilloso de Dios y acercarse a él para renovar la gracia bautismal y vivir, con mayor autenticidad, la llamada de Jesús a ser sus discípulos y misioneros. Nosotros, obispos y presbíteros, ministros de la reconciliación, estamos llamados a vivir, de manera particular, la intimidad con el Maestro. Somos conscientes de nuestra debilidad y de la necesidad de ser purificados por la gracia del sacramento, que se nos ofrece para identificarnos cada vez más con Cristo, Buen Pastor y misionero del Padre. A la vez, con plena disponibilidad, tenemos la alegría de ser ministros de la reconciliación, también nosotros hemos de acercarnos frecuentemente, en un camino penitencial, al Sacramento de la Reconciliación.

julio 26, 2008 Posted by | IGLESIA, MISIÓN | , , , , , | 4 comentarios