Discípulos y Misioneros

Documento de Aparecida: Texto y Comentarios

TERCERA SEMANA DE CUARESMA

 Los textos propuestos para este Tercer Domingo de Cuaresma Ex 17,3-7; Sal 94; Rom 5, 1-2;5-8; Jn 4,5-42

De la descendencia de Abrahán, Isaac y luego Jacob, se formó el pueblo de Israel. Durante mucho tiempo pasó en Egipto hasta que por medio de Moisés, Dios comenzó otra etapa de su revelación. El pueblo de Israel clamó a Dios y Dios le escuchó. Lo noche de la Pascua fue la liberación. Israel se pone en camino, Moisés va por delante para guiarles hasta la tierra prometida.

El camino por el desierto se vuelve difícil, algunos piensan que a pesar de estar en la esclavitud, al menos tenían el pan asegurado. El desierto es el camino de purificación, el pueblo debe confiar en Dios. En el Sinaí sellaron un pacto, una Alianza: “ustedes serán mi pueblo y yo  seré su Dios“.

El texto de la primera lectura, muestra un momento de crisis y dificultad, un momento de “rebelión”, de tentación: ¿está o no está el Señor en medio de nosotros?, vendrían a decir: si Dios está con nosotros, ¿porqué pasamos por el dolor, el sufrimiento, la escasez?, ¿por qué sufrimos?

El salmo  nos hace responder: Señor, que no seamos sordos a tu voz. Para ver las cosas en su profundidad, en su sentido completo, necesitamos escuchar otra voz, no sólo la nuestra, que muchas veces es incompleta, parcial y que por la dificultad del momento nos puede hacer pensar que todo está perdido. La voz de Dios, la Palabra de Dios es aquello que el domingo pasado nos recordaba el Evangelio: “Este es mi Hijo, escúchenle“, el salmo lo completa con estas palabras: Vengan adoremos y bendigamos al Señor, él es nuestro Dios, … él es nuestro Pastor… Hagámosle caso al Señor“.

En Jesucristo debemos redescubrir el sentido de nuestra vida, de nuestro destino, de nuestra misión, de nuestras dificultades, dolores y sufrimientos…

La segunda lectura viene a revelarnos los frutos de la Redención de Jesucristo: Dios ha infundido su amor en nuestros corazones… la prueba que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros… en estas dos afirmaciones tenemos para meditar nuestra relación con Dios. Desde nuestro Bautismo Dios no está lejos de nosotros, nos ha hecho sus hijos, él es nuestro Padre, nos da el Espíritu Santo, nos da a su Hijo… si esto lo meditamos nuestra vida de cada día debe ser para dar gracias a Dios, vivir para Dios.

Y el evangelio de San Juan nos pone delante un diálogo, la samaritana y Jesús. Bien podríamos decir, un diálogo donde yo me encuentro con Jesús, le escucho, le pregunto, le conozco, le creo. El diálogo se desarrolla en torno a una necesidad: “dame de beber”.  La mujer va al pozo en busca de calmar su sed; Jesús con sus discípulos se detienen en aquel lugar, y también Jesús le dice que tiene sed.

Yo tengo un agua que calma la sed, un agua que se convierte en una fuente que salta hasta la vida eterna. Ante estas palabras la samaritana va abriendo su vida, su historia personal, y va comprendiendo de qué le está hablando Jesús. Ella  va descubriendo que está hablando con el Mesías y su corazón se va transformando. Confronta su vida personal, y luego va a decirles a los demás: hay uno que “me dicho todo lo que he hecho“. La gente viene donde Jesús- escucha a Jesús, como lo decía el salmo: “si hoy escuchas su voz, no endurezcas tu corazón“- y hacen la misma experiencia: “sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”.

Muchas cosas se podrían comentar de este Evangelio, pero lo mejor será que cada uno lo medite y lo interiorice.

febrero 24, 2008 - Posted by | LITURGIA

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