Comentario n. 391-398
La opción preferencial por los pobres, según mi modo de entenderlo, no es una teoría, o al menos no debería serlo para los discípulos de Jesucristo. La manera como el Documento de Aparecida habla de esta realidad es siguiendo el Evangelio. Es Jesucristo el que quiso nacer y vivir pobre. Quiso estar cerca de los pobres, enfermos y pecadores. En el Antiguo Testamento, los pobres tienen una connotación bien precisa: son los que confían en el Señor, los que esperan todo de Él, los que se mantienen fieles. Esta perspectiva está también presente en el Nuevo Testamento. María e Isabel son dos figuras de los pobres.
Es a partir del Evangelio como la Iglesia y los santos se ponen al servicio de los pobres. Un ejemplo luminoso ha sido Madre Teresa de Calcuta: sirviendo a los más pobres entre los pobres. El amor por los pobres supone el amor por Jesucristo. En esta etapa de misión, esta consideración no se puede dejar de lado.
No son las categorías sociológicas lo que nos dan el sentido de los pobres, nos son líneas puramente sociales lo que se pretende. Tampoco sugiere la exclusión de quienes no sean pobres. La tarea de la Iglesia es volver a anunciar el Evangelio a los pobres, como la buena noticia de salvación. Amar a los pobres es también evangelizarlos.
DOCUMENTO DE APARECIDA N. 358-359
7.1.3 Al servicio de una vida plena para todos
358. Pero las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y su dolor, contradicen este proyecto del Padre e interpelan a los creyentes a un mayor compromiso a favor de la cultura de la vida. El Reino de vida que Cristo vino a traer es incompatible con esas situaciones inhumanas.
Si pretendemos cerrar los ojos ante estas realidades no somos defensores de la vida del Reino y nos situamos en el camino de la muerte: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte” (1Jn 3, 14). Hay que subrayar “la inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo”, que “invita a todos a suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes”. Tanto la preocupación por desarrollar estructuras más justas como por transmitir los valores sociales del Evangelio, se sitúan en este contexto de servicio fraterno a la vida digna.
359. Descubrimos así una ley profunda de la realidad: la vida sólo se desarrolla plenamente en la comunión fraterna y justa. Porque “Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los seres humanos”. Ante diversas situaciones que manifiestan la ruptura entre hermanos, nos apremia que la fe católica de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños se manifieste en una vida más digna para todos.
El rico magisterio social de la Iglesia nos indica que no podemos concebir una oferta de vida en Cristo sin un dinamismo de liberación integral, de humanización, de reconciliación y de inserción social.
Comentario n. 347-352
He tenido algunas dificultades para actualizar el blog, sin embargo ahora quiero retomar el hilo conductor. En primer lugar debo decir que hemos llegado a la “tercera parte” del documento de Aparecida. En esta tercera parte vamos a encontrar algunas sugerencias y orientaciones que vienen a concretar algunos de los aspectos señalados anteriormente y que van a ser elementos a tomar en cuenta para impulsar la misión continental: el servicio a la vida, la promoción de la dignidad humana, la cultura…
La vida de Jesucristo para nuestros pueblos: desde esta perspectiva se van a presentar las distintas realidades. Después de centrarnos en la “vida de Jesucristo en los discípulos misioneros” ahora queremos que esta Buena Noticia de Jesucristo tenga sus manifestaciones no sólo en la vida personal de sus fieles, ni sólo en las pequeñas comunidades o parroquias, sino también que tengan un reflejo vitalizador en la sociedad en que vivimos.
Desde que el Evangelio fue anunciado en nuestras tierras ha dado sus frutos en el formarse la identidad y culturas de nuestros pueblos. Algunos años atrás hemos celebrados el V centenario de este acontecimiento. Ahora que estamos al comienzo del tercer milenio nos planteamos de nuevo el lugar y la misión que los discípulos de Jesucristo están llamados a vivir en los contextos cambiantes como los actuales.
La fe no puede quedarse solo en la intimidad de la persona. La fe profesada es una fe que madura y que se convierte también en cultura. Puesto que la gracia no destruye la naturaleza sino que la sana y la eleva, debemos considerar las distintas dimensiones de la persona creyente como lugares donde la fe exige una respuesta.
Si Jesucristo ha venido para que en Él tengamos vida, los discípulos suyos tienen que distinguirse también porque aman la vida, respetan la vida y quieren ponerse al servicio de la vida plena. Esta característica es fruto del hacer propia la misión de Jesucristo. Esta es la misión de la Iglesia.
DOCUMENTO DE APARECIDA N. 347-352
TERCERA PARTE LA VIDA DE JESUCRISTO PARA NUESTROS PUEBLOS
CAPÍTULO 7 LA MISIÓN DE LOS DISCÍPULOS AL SERVICIO DE LA VIDA PLENA
347. “La Iglesia peregrinante es misionera por naturaleza, porque toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio del Padre”. Por eso el impulso misionero es fruto necesario de la vida que la Trinidad comunica a los discípulos.
7.1 Vivir y comunicar la vida nueva en Cristo a nuestros pueblos
348. La gran novedad que la Iglesia anuncia al mundo es que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la Palabra y la Vida, vino al mundo a hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (2Pe 1, 4), a participarnos de su propia vida. Es la vida trinitaria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la vida eterna. Su misión es manifestar el inmenso amor del Padre, que quiere que seamos hijos suyos. El anuncio del kerygma invita a tomar conciencia de ese amor vivificador de Dios que se nos ofrece en Cristo muerto y resucitado. Esto es lo primero que necesitamos anunciar y también escuchar, porque la gracia tiene un primado absoluto en la vida cristiana y en toda la actividad evangelizadora de la Iglesia: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1Cor 15, 10).
349. El llamado de Jesús en el Espíritu y el anuncio de la Iglesia apelan siempre a nuestra acogida confiada por la fe. “El que cree en mí tiene la vida eterna”. El bautismo no sólo purifica de los pecados. Hace renacer al bautizado, confiriéndole la vida nueva en Cristo, que lo incorpora a la comunidad de los discípulos y misioneros de Cristo, a la Iglesia, y lo hace hijo de Dios, le permite reconocer a Cristo como Primogénito y Cabeza de toda la humanidad. Ser hermanos implica vivir fraternalmente y siempre atentos a las necesidades de los más débiles.
350. Nuestros pueblos no quieren andar por sombras de muerte; tienen sed de vida y felicidad en Cristo. Lo buscan como fuente de vida. Anhelan esa vida nueva en Dios, a la cual el discípulo del Señor nace por el bautismo y renace por el sacramento de la reconciliación. Buscan esa vida que se fortalece, cuando es confirmada por el Espíritu de Jesús y cuando el discípulo renueva en cada celebración eucarística su alianza de amor en Cristo, con el Padre y con los hermanos. Acogiendo la Palabra de vida eterna y alimentados por el Pan bajado del cielo, quiere vivir la plenitud del amor y conducir a todos al encuentro con Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida.
351. Sin embargo, en el ejercicio de nuestra libertad, a veces rechazamos esa vida nueva (cf. Jn 5, 40) o no perseveramos en el camino (cf. Heb 3, 12-14). Con el pecado, optamos por un camino de muerte. Por eso, el anuncio de Jesucristo siempre llama a la conversión, que nos hace participar del triunfo del Resucitado e inicia un camino de transformación.
352. De los que viven en Cristo se espera un testimonio muy creíble de santidad y compromiso. Deseando y procurando esa santidad no vivimos menos, sino mejor, porque cuando Dios pide más es porque está ofreciendo mucho más: “¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo”.
DOCUMENTO DE APARECIDA N. 341-346
6.4.6.2 Las universidades y centros superiores de educación católica
341. Según su propia naturaleza, la Universidad Católica presta una importante ayuda a la Iglesia en su misión evangelizadora. Se trata de un vital testimonio de orden institucional de Cristo y su mensaje, tan necesario e importante para las culturas impregnadas por el secularismo. Las actividades fundamentales de una universidad católica deberán vincularse y armonizarse con la misión evangelizadora de la Iglesia. Se llevan a cabo a través de una investigación realizada a la luz del mensaje cristiano, que ponga los nuevos descubrimientos humanos al servicio de las personas y de la sociedad. Así ofrece una formación dada en un contexto de fe, que prepare personas capaces de un juicio racional y crítico, conscientes de la dignidad trascendental de la persona humana. Esto implica una formación profesional que comprenda los valores éticos y la dimensión de servicio a las personas y a la sociedad; el diálogo con la cultura, que favorezca una mejor comprensión y transmisión de la fe; la investigación teológica que ayude a la fe a expresarse en lenguaje significativo para estos tiempos. La Iglesia, porque es cada vez más consciente de su misión salvífica en este mundo, quiere sentir estos centros cercanos a sí misma, y desea tenerlos presentes y operantes en la difusión del mensaje auténtico de Cristo.
342. Las universidades católicas, por consiguiente, habrán de desarrollar con fidelidad su especificidad cristiana, ya que poseen responsabilidades evangélicas que instituciones de otro tipo no están obligadas a realizar. Entre ellas se encuentra, sobre todo, el diálogo fe y razón, fe y cultura, y la formación de profesores, alumnos y personal administrativo a través de la Doctrina Social y Moral de la Iglesia, para que sean capaces de compromiso solidario con la dignidad humana y solidario con la comunidad, y de mostrar proféticamente la novedad que representa el cristianismo en la vida de las sociedades latinoamericanas y caribeñas. Para ello es indispensable que se cuide el perfil humano, académico y cristiano de quienes son los principales responsables de la investigación y docencia.
343. Es necesaria una pastoral universitaria que acompañe la vida y el caminar de todos los miembros de la comunidad universitaria, promoviendo un encuentro personal y comprometido con Jesucristo, y múltiples iniciativas solidarias y misioneras. También debe procurarse una presencia cercana y dialogante con miembros de otras universidades públicas y centros de estudio.
344. En las últimas décadas en América Latina y El Caribe observamos el surgimiento de diversos Institutos de Teología y Pastoral orientados a la formación y actualización de agentes de pastoral. En este camino se ha logrado crear espacios de diálogo, discusión y búsqueda de respuestas adecuadas a los enormes desafíos que enfrenta la evangelización en el Continente. Asimismo se han podido formar innumerables líderes al servicio de las Iglesias particulares.
345. Invitamos a valorar la rica reflexión postconciliar de la Iglesia presente en América Latina y El Caribe, así como la reflexión filosófica, teológica y pastoral de nuestras Iglesias y de sus centros de formación e investigación, a fin de fortalecer nuestra propia identidad, desarrollar la creatividad pastoral y potenciar lo nuestro. Es necesario fomentar el estudio y la investigación teológica y pastoral de cara a los desafíos de la nueva realidad social, plural, diferenciada y globalizada, buscando nuevas respuestas que den sustento a la fe y vivencia del discipulado de los agentes de pastoral. Sugerimos también una mayor utilización de los servicios que ofrecen los institutos de formación teológica pastoral existentes, promoviendo el diálogo entre los mismos y destinar más recursos y esfuerzos conjuntos en la formación de laicos y laicas.
346. Esta V Conferencia agradece el invaluable servicio que las diversas instituciones de educación católica prestan en la promoción humana y de evangelización de las nuevas generaciones, como su aporte a la cultura de nuestros pueblos, y alienta a las diócesis, congregaciones religiosas y organizaciones de laicos católicos que mantienen escuelas, universidades, institutos de educación superior y de capacitación no formal, a proseguir incansablemente en su abnegada e insustituible misión apostólica.
Comentario n. 331-336
Retomando el Documento de Aparecida, nos encontramos con la consideración que la educación tiene un lugar primario en la formación de la persona, y como consecuencia de la sociedad. A continuación se mira a la identidad de los lugares donde se imparte una educación católica. Como no puede ser de otra manera, los centros educativos católicos nacen en el seno de la Iglesia y participan de su misma naturaleza. Si la Iglesia tiene como misión anunciar a Jesucristo, los lugares de formación católica comparten esta misma misión.
Las instituciones católicas, las congregaciones que tienen el carisma de la educación, o las escuelas parroquiales nacen como una respuesta a una necesidad en momento concreto. Con el tiempo las instituciones llegan a transformarse en grandes estructuras. Pero si vemos la raíz de todo, al comienzo encontramos la preocupación de una persona por dar a conocer a Jesucristo. Basta pensar en don Bosco, Marcelino Champagnat o las diversas instituciones católicas que llevan adelante la educación. En todos estos fundadores hay un ardiente deseo de anunciar a Jesucristo, de darlo a conocer, de combatir la ignorancia. Y unido a la educación está la preocupación por la humanizar la sociedad.
Son muchos los padres de familia que envían a sus hijos a los centros de formación católicos. Y esto es normal: la formación en los centros católicos goza de una gran aceptación. Lo que ahora se recuerda es que forma parte de la identidad de estos centros de educación la dimensión religiosa. En concreto la educación cristiana tiene un lugar fundamental dentro del currículum escolar. Por otra parte comporta que cada institución esté en comunión con la Iglesia, que enseñen la doctrina cristiana y ayuden a los niños y jóvenes a responder cada vez mejor a su compromiso cristiano y sean responsables en su compromiso temporal.
En esta etapa de misión, los cnetros de educación católica, tienen un compromiso en el anuncio de Jesucristo, los valores del Evangelio y todo aquello que sea responda a la verdad del hombre, a su dignidad, su vocación y misión.
DOCUMENTO DE APARECIDA N. 328-330
6.4.6 La Educación Católica
328. América Latina y El Caribe viven una particular y delicada emergencia educativa. En efecto, las nuevas reformas educacionales de nuestro continente, impulsadas para adaptarse a las nuevas exigencias que se van creando con el cambio global, aparecen centradas prevalentemente en la adquisición de conocimientos y habilidades, y denotan un claro reduccionismo antropológico, ya que conciben la educación preponderantemente en función de la producción, la competitividad y el mercado. Por otra parte, con frecuencia propician la inclusión de factores contrarios a la vida, a la familia y a una sana sexualidad. De esta forma no despliegan los mejores valores de los jóvenes ni su espíritu religioso; tampoco les enseñan los caminos para superar la violencia y acercarse a la felicidad, ni les ayudan a llevar una vida sobria y adquirir aquellas actitudes, virtudes y costumbres que harán estable el hogar que funden, y que los convertirán en constructores solidarios de la paz y del futuro de la sociedad.
329. Ante esta situación, fortaleciendo la estrecha colaboración con los padres de familia y pensando en una educación de calidad a la que tienen derecho, sin distinción, todos los alumnos y alumnas de nuestros pueblos, es necesario insistir en el auténtico fin de toda escuela. Ella está llamada a transformarse ante todo, en lugar privilegiado de formación y promoción integral, mediante la asimilación sistemática y crítica de la cultura, cosa que logra mediante un encuentro vivo y vital con el patrimonio cultural. Esto supone que tal encuentro se realice en la escuela en forma de elaboración, es decir, confrontando e insertando los valores perennes en el contexto actual. En realidad, la cultura para ser educativa debe insertarse en los problemas del tiempo en el que se desarrolla la vida del joven. De esta manera las distintas disciplinas han de presentar no sólo un saber por adquirir, sino también valores por asimilar, y verdades por descubrir.
330. Constituye una responsabilidad estricta de la escuela, en cuanto institución educativa, poner de relieve la dimensión ética y religiosa de la cultura, precisamente con el fin de activar el dinamismo espiritual del sujeto y ayudarle a alcanzar la libertad ética que presupone y perfecciona a la psicológica. Pero no se da libertad ética sino en la confrontación con los valores absolutos de los cuales depende el sentido y el valor de la vida del hombre. Aun en el ámbito de la educación, se manifiesta la tendencia a asumir la actualidad como parámetro de los valores, corriendo así el peligro de responder a aspiraciones transitorias y superficiales, y de perder de vista las exigencias más profundas del mundo contemporáneo. (E.C.30).
La educación humaniza y personaliza al ser humano cuando logra que éste desarrolle plenamente su pensamiento y su libertad, haciéndolo fructificar en hábitos de comprensión y en iniciativas de comunión con la totalidad del orden real. De esta manera ser humano humaniza su mundo, produce cultura, transforma la sociedad y construye la historia.
DOCUMENTO DE APARECIDA N. 314-318
6.4.5 Los Seminarios y Casas de formación religiosa
314. En lo que se refiere a la formación de los discípulos y misioneros de Cristo ocupa un puesto particular la pastoral vocacional, que acompaña cuidadosamente a todos los que el Señor llama a servirle a la Iglesia en el sacerdocio, en la vida consagrada o en el estado laical. La pastoral vocacional, que es responsabilidad de todo el pueblo de Dios, comienza en la familia y continúa en la comunidad cristiana, debe dirigirse a los niños y especialmente a los jóvenes para ayudarlos a descubrir el sentido de la vida y el proyecto que Dios tenga para cada uno, acompañándolos en su proceso de discernimiento. Plenamente integrada en el ámbito de la pastoral ordinaria, la pastoral vocacional es fruto de una sólida pastoral de conjunto, en las familias, en la parroquia, en las escuelas católicas y en las demás instituciones eclesiales. Es necesario intensificar de diversas maneras la oración por las vocaciones, con la cual también se contribuye a crear una mayor sensibilidad y receptividad ante el llamado del Señor; así como promover y coordinar diversas iniciativas vocacionales. Las vocaciones son don de Dios, por lo tanto en cada diócesis no deben faltar especiales oraciones al “Dueño de la mies”.
315. Ante la escasez en muchas parte de América Latina y El Caribe de personas que respondan a la vocación al sacerdocio y a la vida consagrada en América Latina y El Caribe, es urgente dar un cuidado especial a la promoción vocacional, cultivando los ambientes en los que nacen las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, con la certeza de que Jesús sigue llamando discípulos y misioneros para estar con Él y para enviarlos a predicar el Reino de Dios. Esta V Conferencia hace un llamado urgente a todos los cristianos y especialmente a los jóvenes para que estén abiertos a una posible llamada de Dios al sacerdocio o a la vida consagrada; les recuerda que el Señor les dará la gracia necesaria para responder con decisión y generosidad, a pesar de los problemas generados por una cultura secularizada, centrada en el consumismo y el placer. A las familias las invitamos a reconocer la bendición de un hijo llamado por Dios a esta consagración y a apoyar su decisión y su camino de respuesta vocacional. A los sacerdotes les alentamos a dar testimonio de vida feliz, alegría, entusiasmo y santidad en el servicio del Señor.
316. Un espacio privilegiado, escuela y casa para la formación de discípulos y misioneros, lo constituyen sin duda los seminarios y las casas de formación. El tiempo de la primera formación es una etapa donde los futuros presbíteros comparten la vida a ejemplo de la comunidad apostólica en torno a Cristo Resucitado: oran juntos, celebran una misma liturgia que culmina en la Eucaristía, a partir de la Palabra de Dios reciben las enseñanzas que van iluminando su mente y moldeando su corazón para el ejercicio de la caridad fraterna y de la justicia, prestan servicios pastorales periódicamente a diversas comunidades, preparándose así para vivir una sólida espiritualidad de comunión con Cristo Pastor y docilidad a la acción del Espíritu, convirtiéndose en signo personal y atractivo de Cristo en el mundo, según el camino de santidad propio del ministerio sacerdotal.
317. Reconocemos el esfuerzo de los formadores de los Seminarios. Su testimonio y preparación son decisivos para el acompañamiento de los seminaristas hacia una madurez afectiva que los haga aptos para abrazar el celibato sacerdotal y capaces de vivir en comunión con sus hermanos en la vocación sacerdotal; en este sentido, los cursos de formadores que se han implementado son un medio eficaz de ayuda a su misión.
318. La realidad actual nos exige mayor atención a los proyectos formativos de los Seminarios, pues los jóvenes son víctimas de la influencia negativa de la cultura postmoderna, especialmente de los medios de comunicación social, trayendo consigo la fragmentación de la personalidad, la incapacidad de asumir compromisos definitivos, la ausencia de madurez humana, el debilitamiento de la identidad espiritual, entre otros, que dificultan el proceso de formación de auténticos discípulos y misioneros. Por eso, es necesario antes del ingreso al Seminario, que los formadores y responsables hagan una esmerada selección que tenga en cuenta el equilibro psicológico de una sana personalidad, una motivación genuina de amor a Cristo, a la Iglesia, a la vez que capacidad intelectual adecuada a las exigencias del ministerio en el tiempo actual.
Comentario n. 311-313
El Espíritu Santo suscita en la Iglesia, a través de sus dones y carismas, modos nuevos de vivir el Evangelio. En la Iglesia, desde su manifestación en Pentecostés, hasta el día de hoy, es el Espíritu Santo el que actúa, sostiene y renueva a los discípulos para que vivan según el Evangelio. Se puede decir que es una constante en la historia de la Iglesia: el surgir realidades eclesiales que renuevan la Iglesia.
Los movimientos eclesiales y nuevas comunidades, siendo dones del Espíritu Santo para la Iglesia, necesitan de una aprobación de la autoridad eclesiástica. En la diócesis quien tiene la autoridad, como lo hemos visto antes, es el Obispo diocesano.
Las nuevas realidades eclesiales presentan aspectos de “novedad” que necesitan ser considerados atentamente por el Obispo diocesano. De ahí la necesidad que haya docilidad de parte de las personas que forman los movimientos, -especialmente cuando son “nuevos”- al juicio de la Iglesia. La conciencia de la Iglesia es: las nuevas realidades no pueden estar al margen de la comunión eclesiástica, nacen en la Iglesia y se desarrollan para dar frutos en la Iglesia. Hay un derecho bautismal de los fieles a asociarse de manera que cada uno es libre de participar en las diferentes realidades eclesiales.
Las dificultades que a veces se encuentran en las parroquias, donde se concretiza el trabajo pastoral de la Iglesia, se pueden superar cuando se tienen en cuenta los aspectos fundamentales: los movimientos deben mantener su especificidad, pero dentro de una profunda unidad con la Iglesia particular, no sólo de fe sino de acción.
Comentario n. 307-310
El documento de Aparecida propone no sólo la renovación de las parroquias en clave misionera, la formación para todos los fieles entendida como catequesis permanente, la recuperación de la piedad popular como lugar de encuentro con Jesucristo, sino que va además promueve iniciativas pastorales que han dado fruto. Es el caso de las “pequeñas comunidades eclesiales“.
No quiero entrar en detalles de historia sobre las Comunidades eclesiales y sus diferencias en diversos lugares, tampoco quiero hacer valoraciones generales sobre ellas. En parte porque no conozco ni su historia, ni me parece el lugar más apropiado para exponerla.
Prefiero hablar de aquello que he podido conocer por la experiencia personal. En mi parroquia natal, una parroquia de ámbito rural, con tradiciones bastante arraigadas, con una presencia escasa del sacerdote, puesto que no teníamos párroco, en un momento determinado para dar más vitalidad a los parroquianos se lanzó la invitación a formar comunidades en los barrios y caseríos. Algunos comenzaron con ilusión, otros no lo veían con distancia, algunos no quisieron comprometerse a seguir un encuentro semanal por las noches en la casa particulares.
Por aquellos años yo tenía poca edad, estaba en la escuela primaria, sin embargo me llamó la atención y comencé a asistir -con dos más de la mi familia- y poco a poco fui entrando en el ritmo de “mi comunidad”. Los miembros de la comunidad eran diversos en edad, habían adultos ‘de tercera edad’, adultos ‘de segunda edad’, alguno que otro joven, unos niños… teníamos de todo. Al principio nos acompañaba una religiosa, más tarde uno de la comunidad hacía de animador o guía. Lo interesante era que cada uno podía ir creciendo según su condición y madurando su fe para que fuera más coherente y poder servir mejor en la Iglesia.
Desde el principio se puso el acento en la meditación de la Palabra de Dios, aquello era el punto fundamental. Y las primeras lecturas nos llevaban a los Hechos de los Apóstoles 2, 42; 4, 32 y otros textos que reflejaban la vida de los primeros cristianos. Aquellos textos llegamos a aprenderlos de memoria. Meditar y escuchar en primera persona la Palabra de Dios era el centro y la guía de nuestras reuniones. Procuramos ser constantes y animarnos mutuamente. Fue así que semana tras semana teníamos aquel encuentro: de la escucha de la Palabra fuimos entendiendo mejor nuestra participación litúrgica y fomentando la piedad popular.
Debo decir que aquella comunidad fue un lugar importante para ir planteando mi vocación en la Iglesia. Después de un periodo de discernimiento vocacional y conocer otras realidades eclesiales, ingresé al seminario y ahora soy sacerdote. Otros de aquella comunidad, llegado su momento, formaron sus familias. Creo que a todos nos ayudó aquella experiencia.
Cuando la primacía la tiene la Palabra de Dios, y los miembros se sienten los primeros destinatarios de ella, es posible abrirse a vivencia más profunda de la vida cristiana. Los métodos pueden cambiar pero el contenido es el mismo: Jesucristo, ayer, hoy y simpre.