Comentario n. 196-200
No podía faltar una consideración sobre el celibato de los presbíteros. Para muchas personas el celibato es una mera cuestión disciplinar. Algunos no lo entienden en su sentido profundo. Es verdad que unos pocos han abandonado el ministerio sacerdotal. Pero no cabe duda que tiene sentido el celibato: es “configuración con el estilo de vida del propio Cristo y lo hace signo de su caridad pastoral en la entrega a Dios y a los hombres con corazón pleno e indiviso”. Vivirlo como libertad para entregarse a todos, a toda la Iglesia por amor de Dios es el mejor testimonio en todo momento.
Otros desafíos de carácter estructural, son aquellos aspectos concretos que se encuentra cada sacerdote en la parroquia. Muchas veces están fuera de su alcance el superar esas dificultades.
También el presbítero está llamado a configurarse con Jesucristo, el Buen Pastor. Lo que supone un modo de vida a imitación de Jesucristo, que da la vida por su rebaño. Desde el día de la ordenación presbiteral se hacen las promesas de vivir siguiendo únicamente a Jesucristo, que no vino a ser servido sino a servir. En este camino de ‘imitación de Cristo’ no pueden faltar los elementos que constituyen la espiritualidad sacerdotal y que contribuyen a la perseverancia y santidad personal.
La comunidad, el pueblo de Dios, siente la necesidad de presbíteros que vivan como: discípulos, misioneros y servidores de la vida. La Conferencia Episcopal de cada país se encargará de llevar adelante la adecuada pastoral presbiteral.
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